Todo empezó con una broma. "Eres mi toy boy" le
dije. Y él se giró y me dio la espalda toda la noche. "Vaya, la he
cagado" pensé.
A la mañana siguiente, junto a la erección matutina, le
volvió el cariño y entre arrumacos le dije que había sido un chiste.
"¿Te comparto con alguien?" Me preguntó.
Vaya, qué inapropiado, pensé, pero me vi en la obligación de
contestar con la verdad:
"No"
Aunque eso supusiera confesar que no me interesan otros
hombres ni otras manos.
"Pues tú a mí sí"
Y sentí cómo la acogedora cama del hotelito de la sierra se
convertía en esto:
Tras el impacto, me sacudí los escombros y sus brazos y
corrí a la ducha.
Intentar esquivar a alguien en una habitación de hotel no es
fácil. El baño, el balcón (¿cuántos cigarros puede fumarse una antes del
desayuno sin desmayarse?)... No hay mucho más. Parecía una gata a la que acaban
de de dar un baño, escurriéndome por las esquinas, pegada a la pared intentando
no ser vista y espiando de reojo, dispuesta a repeler cualquier amago de
acercamiento.
En este punto diré que la confesión no había sido
precisamente una sorpresa. Los indicios los tenía, e incluso algunos los he comentado en el blog.
Como aquella vez que le dije
que no se me daba bien usar el sacacorchos:
"Pero cuando trabajabas en el restaurante tendrías que
abrir muchas botellas"
"¿Cuándo he trabajado yo en un restaurante?"
"ehhhh... ¿Unas patatitas?"
O aquella otra noche en la que sonó el telefonillo a las 3
de la mañana, y él con fingida indignación y notable nerviosismo exclamó:
"hay que ver, la gente está loca"
Nene, que a lo mejor están evacuando el edificio. Si te
suena el telefonillo a horas intempestivas, lo contestas... a no ser que ya
sepas quién es, claro.
Lo que pasa es que si a todas nos vas diciendo que siempre
somos bienvenidas en tu casa, tarde o temprano alguna se lo va a tomar en
serio. (Nota mental: nunca intentes darle una sorpresa de esas con gabardina y
nada debajo).
Pero no era el tema de la infidelidad lo que me molestaba (¿quién
soy yo para hablar de cuernos?) sino el que me lo contara alegremente y sin
pedírselo justo después de enfadarse conmigo porque yo no le tomaba en serio... A mí
me da que en la ecuación salgo perdiendo.
Debería haber accedido a sacarme una foto (porque seguimos de
turismo toda la mañana, superapropiado) para ponerla al lado de
"gilipollas" en la enciclopedia. Y él todo el tiempo con sonrisilla
incómoda de "la he jodido, a ver cómo salgo de ésta".
Y aquello no había
hecho más que empezar.
(continuará)

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