Después de la deliciosa mañana de domingo rumiando para mis adentros "eres gilipollas, Beli, eres gilipollas" mientras le sacaba fotos para rememorar tan entrañable momento en un marco de belleza incomparable, nos dispusimos a regresar a Madrid.
Cuando tu habitual forma de salir de estas situaciones es
echar a correr a tu escondite, que te pille encerrada en un coche con la
persona de la que más te apetece huir, no es el escenario ideal. Y no hay
hermetismo emocional que resista 300 kilómetros de confinamiento, así que
terminé, yo también, confesando lo que no quería confesar:
Que me gusta, que me gusta mucho, pero que no me creo nada
de lo que me dice, porque me viene diciendo las mismas cosas desde que nos
conocimos, y que yo me freno, e intento no caer, pero somos de palo, no de
piedra y después de tantos "me gustas, por dentro y por fuera. Me gustas
más de la cuenta" del "eres lo mejor de mi semana" de los
incontables "te echo de menos" de los "háblame de amor, dime
cosas bonitas" de los "cariño, mi amor, cuchi-cuchi" (sí, me
llama cuchi-cuchi, pero ese ahora es el menor de mis problemas) me lo termino
creyendo y pienso que a lo mejor hay algo de cierto, y me ilusiono, y me
recorro (otra vez) Madrid en metro con mis libros a la espalda para verle,
aunque esté agotada y tenga clase temprano al día siguiente, e ignoro el hecho
de que mis gatos le hacen estornudar y no ha vuelto a hacer ni el más mínimo
amago de intentar pasarse por mi casa recién aspirada de alérgenos. Lo ignoro
todo y me imagino que con éste sí, es posible.
Lo malo no son los cuernos. Lo malo (no lo digo yo, lo dicen
los Babasónicos) es mentir palabras de amor.
Tras mi vomitona de arcoiris me dijo que salía con otras
pero que yo era su prioridad (soy la favorita de harem... guay) y que él estaba
dispuesto a darle un descanso a Meetic ("si es como un club social" “ya,
club social mis cojones”) y que le diera una oportunidad. ¿Una oportunidad para
qué? Si ni yo confío en él, ni él, me dijo, confía en mí. Si yo me freno porque
no le creo, y él se aleja porque yo me freno.
Pero se la di, allá por el kilómetro 80 de la A
II. Un fin de semana inolvidable para contarles a los nietos
que nunca tendremos.
Lo más gracioso del tema es que después de la intensidad de todo el drama dominguero, hoy estamos a martes y aún no he sabido nada de él. Me pregunto si esto es lo que quiere hacer con "su oportunidad".
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