Las historias nunca son blancas o negras. La vida es gris,
ya lo sé, y ni yo soy Cenicienta, ni Pepe es el padrastro del cuento. Seguro
que tenía sus razones para enfadarse conmigo y dejar de hablarme.
Yo el
miércoles estaba deseando escucharlas y pedirle perdón. Y el viernes. El sábado
pensaba que muy buenas tenían que ser para que yo le perdonara, y hoy no
me valía otra cosa que no fuera "llevo en coma cuatro días", o
"me han robado el móvil, el ordenador y la memoria y no tenía forma de
contactarte".
No sé qué otra cosa puede justificar semejante rabieta en el
momento más delicado de la relación, y responder con el silencio más cruel a
una tentativa de acercamiento. La gente que se quiere no se trata así, me
enseñaron hace muchos años.
Después de comprobar que no había perdido los dedos ni el
móvil, le he mandado un mail para decirle que se ha terminado.
Y lo que es más importante (y más difícil) para decirme a mí
misma que es hora de dejar de esperarle. Como bien escribió él, no merece la
pena.
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