domingo, 17 de febrero de 2013

Sentir y/o pensar


Siempre que me he enamorado (o he estado a punto de hacerlo), el componente racional ha pesado tanto como el emocional. El saber por qué siento lo que siento, es tan importante como sentir en sí mismo. Ahora tengo más razones para dejar a Pepe que para seguir con él, pero mis piernas no responden a mi cerebro. En vez de huir, se abren. Y no son las únicas. Corazón, estómago y ovarios se han unido en un complot contra mi cabeza. La consigna: “No pienses, Beli, no pienses”.

¿Que prefiere esperar en el coche antes que subir a mi casa mientras me preparo para ir a clase? “No pienses, Beli, no pienses”.

¿Que sigue paseándose por Meetic aunque en la misión se detenga a incluirme en sus favoritos? “No pienses, Beli, no pienses”.

¿Que le cuento algo que me preocupa y él responde, “Ahaa” (sic, por No me interesa nada)? “No pienses, Beli, no pienses”.

Ese maldito mantra me ha nublado, y ahora, lo cierto, es que en lo único que puedo pensar es en estar con él. Ni alejamiento, ni cambio de perspectiva ni leches. La estupidez es el precio que hay que pagar por sonreír sin motivo durante toda la semana, por las hormiguitas en el estómago antes de abrir sus mensajes, por la marabunta en toda mi piel cuando me roza con sus dedos.

Tan perdida estoy, que hasta pienso que es posible, que es “My dragon”. Y cuando no lo pienso, vuelvo a escuchar: “No pienses, Beli, no pienses”.

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