Víctor es una preciosidad de piel pálida y enormes ojos
oscuros. Tiene 6 años, déficit de atención y lleva cinco meses volviéndome loca: Se
levanta, golpea la mesa en frustración, es incapaz de hacer una ficha si no es
en mi sitio y con mi atenta mirada sobre su hombro.
No contesta a las preguntas
ni participa en los juegos más allá de la primera ronda y yo me debato entre
tenerle bajo control o permitir que los otros 9 peques se me desmadren y
vuelvan a su casa sin saber la diferencia entre “it is” e “it isn’t” (eso
nunca).
Le regaño, se enfurruña, le ignoro, patea la puerta y cuando
me descuido y abstraída imito a un dinosaurio para regocijo de la clase, noto
una cálida y delicada presión alrededor de mi cintura. Es Víctor y me está abrazando.
He descubierto que mientras nota esa cercanía, la seguridad
del contacto físico, está calmado y conforme. Y yo sigo con mi clase como si no
pasara nada.
- You know
you have a kid hanging from your hips, don't you? (me pregunta Charleen asustada al entrar
en el aula)
- Yeah… Long
story
¿No sería genial si pudiéramos hacer lo mismo? En el metro,
por ejemplo, en una de esas crisis de soledad que le entran a una a veces
cuando es martes por la noche y tienes hambre y estás cansada y quieres llegar
a casa porque en 10 horas tienes que estar explicando el present perfect por
quinta vez este mes, y parece que la semana no va a terminar nunca. En ese
momento debería estar permitido levantarte del asiento y abrazar muy fuerte al
primer desconocido que entrase en el vagón.
-No se preocupe, señor. Será sólo hasta Príncipe de Vergara.
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