lunes, 4 de noviembre de 2013

De inundación, de cambios, de hastío y de vuelta.

Si escribí la última entrada de este blog en medio del caos de la remodelación de mi nuevo piso, retomo mis quehaceres blogueros apenas tres días después de que el salón que tanto me costó pintar haya sucumbido a una inundación perpetrada con nocturnidad y alevosía.

Podría haber sido peor (que se lo pregunten a mis vecinas, que estaban de puente y tuvieron el piso en remojo hasta el domingo). O mucho peor, tan peor como las historias que me estuve imaginando hasta que descubrí que lo que repiqueteaba en el suelo no eran las paredes llorando sangre, sino el lavavajillas de mi vecino desbordándose inoportunamente. No me juzguéis, estábamos en pleno Halloween y acababa de ver “The Conjuring”.



La historia de cómo mi casa terminó a las 5 de la mañana llena de policías y bomberos (con sus cascos y todo) por culpa de un manguito roto no os la voy a contar porque es todavía más vergonzosa. Si al menos la que escribe fuera una Samantha al estilo Sex and the city, la noche habría terminado de forma muy distinta, pero soy yo, Beli, el tipo de mujer que recibe a la autoridad con su pijama gordo de Snoopy, la chaqueta de lana raída y la fregona cotrosa en la mano. De cero a 10, sex-appeal -15.

Todo esto viene a que con esta predisposición que tengo a hacer las cosas mal en cuanto a relaciones con seres humanos se refiere, de los tres propósitos de vida que me hice hace un par de años (cambiar de trabajo, conseguir un novio y comprarme una casa) he conseguido cumplir dos. Lo primero fue la casa (lo que dependía únicamente de mí), hace un par de semanas fue el trabajo (adiós a los niños, hola a tener vida de lunes a viernes), y del tema del novio, mejor ni hablar.

Tras la ruptura con Carlos (ya os hablaré de Carlos) abandoné (temporalmente, espero) la búsqueda. Al principio fue con la excusa de la reforma, que no me dejaba tiempo ni energías para nada que no fuese rasquetear, limpiar polvo y darle al rodillo. En cuanto a hombres, ya tenía en mi vida a Juan el Albañil, y con él y su cuadrilla cumplía de sobra mi cupo de lidiar con el género masculino. Incluso aprendí algo de rumano en el proceso (pared se dice “perete”, por si algún día os sirve de algo).

Luego llegó la mudanza y con ella mi okupa (que se va a llevar un par de post en el blog, sin duda), después el inicio de curso, triste sin Charleen ni Linda, ni galletitas saladas ni capuccino instantáneo, y llegó octubre y me di cuenta de que estoy hastiada, que meetic no me hace gracia, que ligar no me interesa y que desde la trágica muerte de La Batidora (mi vibrador, DEP) ya ni el sexo me hace demasiada ilusión.


Supongo que es sólo una fase y que ya se pasará, pero hoy por hoy, mi vida sentimental es un páramo donde, tampoco os voy a engañar, se está muy a gusto. De todas formas tengo historias que contar, mías y ajenas, así que espero, esta vez sí, volver a darle continuidad al blog. Hasta que se cumpla mi tercer propósito, quién sabe, tal vez, con la llegada del Tercero

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